EL CHOCOLATE DE MI PUEBLO
De niño mis amigos y yo, siempre lo vimos como el dulce fruto prohibido que se comía solo a hurtadillas de nuestros mayores. Entonces no podíamos imaginar la importancia de las pepitas que con frecuencia enterrábamos lejos, con la intención de borrar toda evidencia. Es que la carnosidad blancuzca del interior del cacao, que rodea las pepitas enracimadas, tienen un delicioso y dulce sabor (solo entendible para el que pudo probarlo alguna vez). Pero la ignorancia no era del total argumento válido para deslindar nuestras responsabilidades infantiles. Porque sabíamos que las pepitas eran puestas a secar por nuestros padres, sobre un tendedero de cemento casi del tamaño de una canchita de fulbito. y nuestra misión (aparte de espantar a las gallinas para evitar que estas las ensucien), era juntarlas y guardarlas bajo sombra ante cualquier intempestiva lluvia.
Cumplido el proceso de secado, se encostalaban en gigantes quintales, para su transporte hacia la cooperativa agraria. Entidad en el cual, el precio que se conseguía de su comercio, era la retribución (aunque ridícula), que aseguraba la supervivencia de muchas familias campesinas como la mía.
Queda agregar por descontado, que siempre había suficientes pepas secas de cacao en la casa. Con las cuales elaboraban artesanalmente la pasta de chocolate de cacao, mediante el proceso de tostado y molido. Y por ende nunca faltaba en hogar alguno, una caliente y espumante taza de chocolate hervido.
Hoy al recordar aquella parte de mi vida infante, estoy convencido que el chocolate aquel, elaborados de manera artesanal de la chacra a la olla directamente, sin pasar por D’Onofrio, Winter, ni cualquier otra marca, fueron los únicos y verdaderos momentos que disfrute sin saberlo, ¡del mejor chocolate del mundo!
Las hoy industrializadas barras de chocolate, cuyas marcas coloridas tratan de atraer al público consumidor, simplemente son el índice de un conjunto de insumos químicos con el cual están elaborados artificialmente, quitándole toda pulcritud de naturalidad.
Pero aquel tema, es otro cantar.
FIN


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