
Resulta que un día de los tantos que andaba garabateando cualquier cosa en la computadora, tratando de matar mi impaciencia por estar desempleado. Me llegó un mensaje a mi correo electrónico, en el que me avisaban que era candidato para ocupar un puesto de redactor de un diario local. Es obvio que previamente había enviado una montaña de mis escritos como referencia, así que no era de extrañarme.
Inmediatamente muy emocionado decidí salir al encuentro de tan buena nueva, pensé que al fin mis sueños anhelados durante toda una vida se habían hecho realidad. Estaba a punto de encontrar un puesto de trabajo en el que tenía la posibilidad de ganarme la vida haciendo lo que me gusta hacer: ¡ESCRIBIR!
Mientras caminaba rumbo a la casa periodística, me sentí por primera vez dueño del mundo, en el mismo paralelismo que me sentía en las fantasías que con frecuencia escribía en mis relatos. (Aclaro que en días previos había leído el libro: "El Secreto"). Quizá por eso influenciado por la lectura, olvidé realmente la timidez que siempre me había aprisionado.
Así, tratando de irradiar las energías positivas, hice mi ingreso, y muy amablemente me recibió en recepción una chica de largos cabellos negros. Y con una ancha y dulce sonrisa (que me pareció fingida) me preguntó:
— ¿En qué le puedo servir?
Le dije que había venido por el mensaje recibido en mi correo, en el cual le daban el visto bueno a mi solicitud de empleo en esa casa periodística.
Inmediatamente me hizo pasar.
Lo que vino a continuación era lo que ya había imaginado previamente. Me entrevistó un señor gordo y canoso. Entre preguntas y respuestas, yo solté mi artillería pesada. Tambien saque una muestra de mis escritos que había llevado sobre como redactar una Crónica Periodística.
Primero le mostré algunas menos elaboradas y a medida que ella les daba una “ojeada” yo le iba pasando otras que yo catalogaba como mejores. Lo que me desesperó fue cuando intente buscar el modelo de crónica que creí era el mejor de todos. Le dije que se titulaba: “La Locura”.
Al mencionar aquella palabra que hacía alusión a
insania mental, creí percibir una especie de alarma en la mirada de los ojos de mi entrevistador. Tratando de ignorarlo, pensando que sólo eran figuraciones mías, seguí buscando. Pero por minuciosa que fue mi exploración en la maleta que llevaba, no logré hallarlo.
El sentimiento de ira creciente que me pareció ver en los ojos del tipo fue tan terrible, que me asustó. Al punto de ponerme tan nervioso, que no supe articular palabras coherentes que solventaran la carencia de aquella crónica perdida.
Se agotaba el tiempo de la entrevista y yo sin saber qué hacer para ganar puntos a mi favor. Se me ocurrió mencionar que podía escribir como cualquiera que él me dijera. Incluso mejor que el escritor Gabriel García Márquez, porque me consideraba un experto en el arte de la escritura.
(¡Vaya estúpida vanidad!) Y sin medir el excesivo uso de mis palabras que no concordaban con mí supuesta excelencia digitativa, sonaban ininteligibles y llenos de petulancia. ¡Con un profundo sabor a metida de pata!
Me di cuenta de ello, cuando los ojos del tipo antes impasibles se tornaron destellantes. Parecían las de un gigante a punto de pisar una hormiga. Creí que si no me echaba a patadas en aquel instante, era quizá por ética.
Pero mi confusión sólo duró un segundo, pues me calmaron sus palabras cuando me dijo:
—Muy bien señor, gracias por venir, nosotros lo llamaremos.
Han pasado más de dos años y aún sigo esperando sentado, la bendita llamada.
FIN